lunes, 17 de mayo de 2010

Noches de luna llena: Donde hubo fuego cenizas quedan



Es jueves por la noche y me encuentro en el Cementerio General Presbítero Matías Maestro, ubicado en los Barrios Altos, en el Cercado de Lima. Noches de luna nueva es el nombre del tour que consiste en recorridos nocturnos por dos horas en el camposanto y que se realizan el segundo y cuarto jueves de cada mes. En esta oportunidad caminaremos al lado de las tumbas de hombres y mujeres cuya pasión los convirtió en historia: Donde hubo fuego cenizas quedan.

En la entrada, y luego de presenciar un pequeño espectáculo de narración de cuento, se nos divide por grupos y se nos designa un guía. Un hombre de edad, trigueño, estatura promedio, frente amplia, cabello hasta los hombros y canoso se nos presenta, es el sr. Chaparro, el guía más antiguo del cementerio-museo y con pose de solemnidad nos narra la historia de La Roma en Sudamérica y Bosque de Piedra, otros nombres que ha adquirido el Cementerio General Presbítero Matías Maestro.

La orden para su construcción la dio el virrey Abascal, por la necesidad de alejar los espacios funerarios de los centros urbanos. Fue inaugurado en 1808 con el nombre de Cementerio General de Lima; pero es rebautizado a la muerte de su diseñador, el sacerdote, pintor, compositor y arquitecto español Matías Maestro. El cementerio comprende en su área de 22 hectáreas: avenidas, cuarteles, edificios, 220 mil nichos, 766 monumentos y entre 700 a 800 mausoleos, estos últimos dedicados a distintos ciudadanos destacados y que reflejan diferentes estilos artísticos.

El sr. Chaparro cristiano católico confeso, siempre patriota, orgulloso, serio y solemne, con ademanes y gestos de recitador, nos nombra alguna de las personalidades enterradas en el cementerio cuya pasión por su patria y vocación los inmortalizó: José de la Riva Agüero, Víctor Larco Herrera, Antonio Raimondi, Daniel Alcides Carrión, Manuel Gonzales Prada, Ricardo Palma, Abraham Valdelomar, Nicolás de Piérola, Luis Miguel Sánchez Cerro, Felipe Pinglo, José Carlos Mariátegui, Henry Meiggs, José Santos Chocano, Rosa Merino, Juan Antonio Pezet, Edgardo Seoane, Matías Maestro, Óscar R. Benavides, Manuel Bonilla, Eduardo de Habich, Augusto B. Leguía, Guillermo Billinghurst, Domingo Elías, Michele Trefogli y Pedro Paulet.

Luego de esa introducción, el guía nos conduce a la Cripta de los Héroes, que alberga los restos de combatientes de la guerra del Pacífico. Un patriotismo ferviente nos envuelve al ver los sarcófagos de nuestros héroes como Miguel Grau, Francisco Bolognesi y Andrés Avelino Cáceres. Una sensación de tristeza y misticismo nos produce en lo más hondo al escuchar como el caballero de los mares, hombre alto, gordo, de patillas y barba larga, con don de mando, sabio y justo, impregna su nobleza al exigir a sus hombres respeto y buen trato a los chilenos caídos en la guerra; y como Diego Ferre encuentra la bota y la tibia de Miguel Grau, únicos restos que se encuentran en su tumba. O al saber que entre los 315 almas valientes se encuentran 6 señoritos, dos mujeres y seis niños de entre 13 y 14 años.

Otra de las historias que más nos conmueve es una que nace del epitafio de una de las lápidas. Durante la invasión Chilena, dos hombres recorrían a caballo los campos de Olmos. Uno era cetrino, atlético y obeso; el otro era blanco, alto y delgado. Ambos tenían los ojos saltones como si los persiguiera el mismo diablo. Usaban el uniforme peruano con el grado de coroneles. Atrás, pisándoles los talones, venía la caballería chilena quien había pedido sus cabezas. Los dos jinetes duchos recorrían velozmente el verde gras, dejando en el camino los inmensos y frondosos árboles que los rodeaban. Era de noche y sólo la luna era su luz guiadora. De pronto, se escuchó una ráfaga de disparos. Tres balas dieron a uno de los caballos. Mientras el caballo caía lentamente, el coronel cetrino saltó y cayó de pie. Sin dudarlo el coronel blanco detuvo su caballo para recoger a su compañero. Pronto se dieron cuenta que el caballo perdía velocidad y no resistiría el peso de los dos. Valientemente el dueño del caballo le dijo al otro – coronel, tome mi caballo, sálvese usted - a lo que el otro contestó – no, aquí me quedo yo, vivo sólo, no tengo familiares, usted sí, tiene esposa y familiares que lo lloren -. Inmediatamente, después de pronunciar esas palabras, se lanza al suelo con pistola en mano para cubrir la retirada de su compañero. Al finalizar la guerra, el coronel que sobrevivió, junto con su familia, llevó una lápida para colocarla en la tumba del otro coronel. Ahí reza el siguiente epitafio: Por ti vivo.

El recorrido nocturno por el cementerio termina con el pabellón de los suicidas. El sr. Chaparro se disculpa con nosotros pero ha decidido no volver a pasar por esos senderos. Sin embargo, nuestra curiosidad aumenta y hacia allá nos dirigimos. Al entrar todo parece normal, hasta que un repentino dolor de cabeza empieza a aquejarnos. Siento como a cada paso empiezo a sentirme mareada y mientras más avanzo mis hombros se van sintiendo cada vez más pesados, como si cargara plomo. Así todos decidimos regresar. El sr. Chaparro nos dice que muchas personas han experimentado esas sensaciones sólo en esos pabellones. Quizás aún queden en el aire sus energías. Pero para tranquilizarnos nos dice que en cuanto nos sintamos amenazados por un alma digamos el siguiente rezo - Jesucristo padece, Anita no llores. Bendita sean las almas que van a esta hora – y como por arte de magia sentimos una gran paz.

Son las diez de la noche, el recorrido lleno de pasión y patriotismo llegó a su fin. Los visitantes damos las gracias a nuestros guías, no sin antes prometer regresar para experimentar otro tour nocturno cuya temática nos conducirá a diferentes criptas y pabellones… como para no perdérselo.



FIN





Escarlet Rodríguez Zárate.

lunes, 10 de mayo de 2010

La mujer de Saltillo



Tenía el sesenta por ciento de su cuerpo quemado, que en vano trataba de cubrir con vestimentas anchas. Su cara, que llevaba la peor parte, la tapaba con su cabello lacio y largo. La llamaban la mujer de Saltillo y al parecer no tenía familia, eso era lo que solía contestar. Se embriagaba por lo menos cuatro días a la semana. Paseaba por el barrio pidiendo - “¡Papeles, muebles!”- pero el trato con las personas era únicamente de negocio.

Un día regresando de una fiesta decidí continuarla en un bar del barrio. Ahí sentada estaba la mujer de Saltillo. Al verme, se paró y acercó diciéndome:
- Usted es la del edificio verde. ¿Me invitaría un trago?
La miré y sentí una inmensa lástima al verle el rostro torpemente cubierto, así que le ofrecí el asiento que tenía al lado.
- No se fije, debajo de este mechón llevo la cicatriz de una quemadura muy horrenda. Fue hace veinteaños en circunstancias muy penosas. En esa época era muy joven y hermosa. No necesitaba arreglarme mucho para que por la calle me piropearan.

Quizás fue producto de la bebida lo que me motivó a pedirle que me contara la historia de su quemadura. La mujer de Saltillo miró al vacío y por unos segundos creí que me atacaría con el vaso que sujetaba. Después me miró, se dibujó una sonrisa en sus labios, y como si yo fuera su confesor me contó su historia:
Esto me ocurrió en Saltillo, México… ya sabe que soy de ahí, ¿verdad?... Mi esposo Javier y yo teníamos cuatro años de casados y buscábamos vehementemente tener hijos. Soñábamos con una niñita, usted sabe, para engreírla y quererla… en fin… pero por más que lo intentábamos no salía embarazada…y déjeme decirle que probamos de todo. Entonces, Javier me dijo: -“gordita, mejor vamos al doctor, él nos dirá que hacer”-. Así fue como descubrimos que tenía ovarios infantiles… no había forma de que quedara embarazada… ¿Se figura usted cómo me derrumbé? Había hecho tantos planes, comprado tantas ropitas y hasta había tapizado uno de los cuartos con motivos infantiles… ¿Qué que hizo Javier? Él también se desilusionó mucho pero su amor hacia mí era más fuerte. Empezó a darme en todo la razón, permitía que tomara todas las decisiones, todas…

Mis sueños de tener una familia completa no se habían esfumado, seguían vivos… Así le propuse a Javier la idea de adoptar. Al principio él no se mostró entusiasmado… usted sabe como son los hombres de machistas… pero le convencí… Empezaron nuevamente los sueños de tener una niñita; y casi inmediatamente empezamos los trámites de adopción… Pero resultó que muchas parejas también estaban esperando lo mismo. Algunas incluso seguían esperando por más de un año…

Una mañana, que nunca olvidaré, me dirigí al mercado y tropecé con Cecilia Gómez… una muchachita, delgada, blanca y con mejillas muy rosadas. Daba la impresión de estar perdida… Así fue como me acerqué para ayudarla y… ¡Que casualidades tiene la vida! Cecilia me contó que era huérfana, sus padres habían muerto cuando ella tenía cinco años. Desde ese momento se la había pasado de casa en casa, primero en la de unos tíos, luego en la casa de unos amigos de sus tíos… en fin… un abandono total… Pero entonces, se armó de valor y desapareció de sus vidas… ¡¿puede creer que nadie la buscó?!...

Bueno, como le decía, mi sueño era tener una niña y los trámites de adopción parecían nunca acabar. Cecilia me parecía una niña sincera y muy inteligente así que sin más me la llevé a mi casa…Ya le había dicho yo que Javier aceptaba todo lo que yo decidía…él quedó encantado.
Para mí, para Javier, la llegada de Cecilia significó mucho. Nuestras vidas cambiaron por completo. Ella ocupó el cuarto adornado para nuestra bebita que no llegó… pero eso ya no me importaba, era inmensamente feliz dándole todo lo que ella quería. Éramos la familia que había soñado…

¿Sabe usted? Hay un dicho que dice que la felicidad no dura para siempre…pues eso fue precisamente lo que pasó… sólo que no creí que fuera tan pronto. Pasaron algunos meses y Cecilia empezó a mostrar un carácter hostil y mandón. Mostraba muchas veces cierta cólera asolapada cuando no tenía lo que otros niños tenían. Le expliqué muchas veces que no éramos una familia pudiente. Después, empezó a reprocharme todo… ¡puede creer que empezó a vestirse como mujer! Verá, como sabe usted, mi necesidad de tener un hijo hacía que le pasara por alto todo; muchas veces discutía con Javier por eso, me solía decir:
-“un día vas a lamentar haberla consentido demasiado”- pero nunca le hice realmente caso…

Así pasaron los años. Cecilia se fue haciendo mujer… y poco a poco empezó a alejarse de mí, pero no de Javier, quien empezó a portarse muy generoso y benevolente con ella.
Para mi peor mala suerte Javier perdió el trabajo… al principio se esforzó por encontrar otro…no es fácil encontrar uno en ningún país… ¡Ah! pero con el tiempo fue ensimismándose… Fue así que me convertí en el único sustento de la casa. Ninguno de los dos parecía tener problema con esa situación. ¡¿Puede creerlo?!...

Una mañana me sentí mal en el trabajo y me embarcaron rumbo a mi casa… ¿Las doce?... Sí, debió ser las doce del mediodía. Toqué la puerta…pero como no me abrieron hice uso de mis llaves. Entré, me dirigí directamente a mi cuarto, que estaba cerrada… Al abrirla vi a Javier y a Cecilia, estaban descansando desnudos, en nuestra propia cama…
Aquí mis recuerdos no son muy claros… Debí sentir mucho dolor y rabia a la vez… ¿y sabe usted? la rabia ganó… Enfurecida, cegada por la horrorosa deslealtad e infidelidad de los seres que más quise, conseguí gasolina y un encendedor… no medí las consecuencias… Tomé ropas de los dos, los bañé con el combustible, lo lancé a la cama donde aún dormían… y prendí el encendedor... El fuego incineró por completo las prendas y rápidamente se extendió por todas direcciones… Javier y Cecilia salieron corriendo de la casa con los cuerpos desnudos y abrazados por la llama. Los vecinos alertados por sus gritos fueron en su ayuda. La policía y el cuerpo de bomberos llegaron justo para evitar que la casa se quemara por completo. Al cumplir con las investigaciones del incendio, los oficiales me arrestaron.

La mujer de Saltillo hizo una pausa, bebió de un tirón el contenido de su vaso. Todo su cuerpo temblaba y tenía los ojos rojos.
- ¿Y qué pasó con ellos?
- Los trasladaron al hospital. Él no pudo soportar las graves quemaduras, murió. Cecilia estuvo hospitalizada seis meses y huyó al Perú.
Esta vez el silencio se prolongó demasiado y le pedí que continuara con su relato. Fue en ese momento que se quebró y lloró amargamente. Luego tiró bruscamente de su mechón y dejó completamente descubierto las graves quemaduras de su rostro.
- ¡Le digo la verdad! – gritó enfurecida – ¡Acaso no ve mis quemaduras! ¡Yo soy la infeliz traidora! ¡Yo soy Cecilia! ¡Yo soy Cecilia!



FIN





Escarlet Rodríguez Zárate