lunes, 10 de mayo de 2010

La mujer de Saltillo



Tenía el sesenta por ciento de su cuerpo quemado, que en vano trataba de cubrir con vestimentas anchas. Su cara, que llevaba la peor parte, la tapaba con su cabello lacio y largo. La llamaban la mujer de Saltillo y al parecer no tenía familia, eso era lo que solía contestar. Se embriagaba por lo menos cuatro días a la semana. Paseaba por el barrio pidiendo - “¡Papeles, muebles!”- pero el trato con las personas era únicamente de negocio.

Un día regresando de una fiesta decidí continuarla en un bar del barrio. Ahí sentada estaba la mujer de Saltillo. Al verme, se paró y acercó diciéndome:
- Usted es la del edificio verde. ¿Me invitaría un trago?
La miré y sentí una inmensa lástima al verle el rostro torpemente cubierto, así que le ofrecí el asiento que tenía al lado.
- No se fije, debajo de este mechón llevo la cicatriz de una quemadura muy horrenda. Fue hace veinteaños en circunstancias muy penosas. En esa época era muy joven y hermosa. No necesitaba arreglarme mucho para que por la calle me piropearan.

Quizás fue producto de la bebida lo que me motivó a pedirle que me contara la historia de su quemadura. La mujer de Saltillo miró al vacío y por unos segundos creí que me atacaría con el vaso que sujetaba. Después me miró, se dibujó una sonrisa en sus labios, y como si yo fuera su confesor me contó su historia:
Esto me ocurrió en Saltillo, México… ya sabe que soy de ahí, ¿verdad?... Mi esposo Javier y yo teníamos cuatro años de casados y buscábamos vehementemente tener hijos. Soñábamos con una niñita, usted sabe, para engreírla y quererla… en fin… pero por más que lo intentábamos no salía embarazada…y déjeme decirle que probamos de todo. Entonces, Javier me dijo: -“gordita, mejor vamos al doctor, él nos dirá que hacer”-. Así fue como descubrimos que tenía ovarios infantiles… no había forma de que quedara embarazada… ¿Se figura usted cómo me derrumbé? Había hecho tantos planes, comprado tantas ropitas y hasta había tapizado uno de los cuartos con motivos infantiles… ¿Qué que hizo Javier? Él también se desilusionó mucho pero su amor hacia mí era más fuerte. Empezó a darme en todo la razón, permitía que tomara todas las decisiones, todas…

Mis sueños de tener una familia completa no se habían esfumado, seguían vivos… Así le propuse a Javier la idea de adoptar. Al principio él no se mostró entusiasmado… usted sabe como son los hombres de machistas… pero le convencí… Empezaron nuevamente los sueños de tener una niñita; y casi inmediatamente empezamos los trámites de adopción… Pero resultó que muchas parejas también estaban esperando lo mismo. Algunas incluso seguían esperando por más de un año…

Una mañana, que nunca olvidaré, me dirigí al mercado y tropecé con Cecilia Gómez… una muchachita, delgada, blanca y con mejillas muy rosadas. Daba la impresión de estar perdida… Así fue como me acerqué para ayudarla y… ¡Que casualidades tiene la vida! Cecilia me contó que era huérfana, sus padres habían muerto cuando ella tenía cinco años. Desde ese momento se la había pasado de casa en casa, primero en la de unos tíos, luego en la casa de unos amigos de sus tíos… en fin… un abandono total… Pero entonces, se armó de valor y desapareció de sus vidas… ¡¿puede creer que nadie la buscó?!...

Bueno, como le decía, mi sueño era tener una niña y los trámites de adopción parecían nunca acabar. Cecilia me parecía una niña sincera y muy inteligente así que sin más me la llevé a mi casa…Ya le había dicho yo que Javier aceptaba todo lo que yo decidía…él quedó encantado.
Para mí, para Javier, la llegada de Cecilia significó mucho. Nuestras vidas cambiaron por completo. Ella ocupó el cuarto adornado para nuestra bebita que no llegó… pero eso ya no me importaba, era inmensamente feliz dándole todo lo que ella quería. Éramos la familia que había soñado…

¿Sabe usted? Hay un dicho que dice que la felicidad no dura para siempre…pues eso fue precisamente lo que pasó… sólo que no creí que fuera tan pronto. Pasaron algunos meses y Cecilia empezó a mostrar un carácter hostil y mandón. Mostraba muchas veces cierta cólera asolapada cuando no tenía lo que otros niños tenían. Le expliqué muchas veces que no éramos una familia pudiente. Después, empezó a reprocharme todo… ¡puede creer que empezó a vestirse como mujer! Verá, como sabe usted, mi necesidad de tener un hijo hacía que le pasara por alto todo; muchas veces discutía con Javier por eso, me solía decir:
-“un día vas a lamentar haberla consentido demasiado”- pero nunca le hice realmente caso…

Así pasaron los años. Cecilia se fue haciendo mujer… y poco a poco empezó a alejarse de mí, pero no de Javier, quien empezó a portarse muy generoso y benevolente con ella.
Para mi peor mala suerte Javier perdió el trabajo… al principio se esforzó por encontrar otro…no es fácil encontrar uno en ningún país… ¡Ah! pero con el tiempo fue ensimismándose… Fue así que me convertí en el único sustento de la casa. Ninguno de los dos parecía tener problema con esa situación. ¡¿Puede creerlo?!...

Una mañana me sentí mal en el trabajo y me embarcaron rumbo a mi casa… ¿Las doce?... Sí, debió ser las doce del mediodía. Toqué la puerta…pero como no me abrieron hice uso de mis llaves. Entré, me dirigí directamente a mi cuarto, que estaba cerrada… Al abrirla vi a Javier y a Cecilia, estaban descansando desnudos, en nuestra propia cama…
Aquí mis recuerdos no son muy claros… Debí sentir mucho dolor y rabia a la vez… ¿y sabe usted? la rabia ganó… Enfurecida, cegada por la horrorosa deslealtad e infidelidad de los seres que más quise, conseguí gasolina y un encendedor… no medí las consecuencias… Tomé ropas de los dos, los bañé con el combustible, lo lancé a la cama donde aún dormían… y prendí el encendedor... El fuego incineró por completo las prendas y rápidamente se extendió por todas direcciones… Javier y Cecilia salieron corriendo de la casa con los cuerpos desnudos y abrazados por la llama. Los vecinos alertados por sus gritos fueron en su ayuda. La policía y el cuerpo de bomberos llegaron justo para evitar que la casa se quemara por completo. Al cumplir con las investigaciones del incendio, los oficiales me arrestaron.

La mujer de Saltillo hizo una pausa, bebió de un tirón el contenido de su vaso. Todo su cuerpo temblaba y tenía los ojos rojos.
- ¿Y qué pasó con ellos?
- Los trasladaron al hospital. Él no pudo soportar las graves quemaduras, murió. Cecilia estuvo hospitalizada seis meses y huyó al Perú.
Esta vez el silencio se prolongó demasiado y le pedí que continuara con su relato. Fue en ese momento que se quebró y lloró amargamente. Luego tiró bruscamente de su mechón y dejó completamente descubierto las graves quemaduras de su rostro.
- ¡Le digo la verdad! – gritó enfurecida – ¡Acaso no ve mis quemaduras! ¡Yo soy la infeliz traidora! ¡Yo soy Cecilia! ¡Yo soy Cecilia!



FIN





Escarlet Rodríguez Zárate

No hay comentarios:

Publicar un comentario