lunes, 26 de abril de 2010
La pregunta de rigor
- Cuéntemelo una vez más – dijo enérgicamente el oficial Pablo Gutiérrez.
- ¡Ya se lo dije! ¡No puedo más! ¡No puedo más! ¡Mis hijos!- gritó Guadalupe
- ¿No nos ha dicho cuántos eran? ¿Logró ver el rostro de alguno de ellos? Cualquier dato, por mínimo que le parezca, puede dar con el paradero de sus hijos.
- ¡Mis hijos, mis pequeños! ¡Son mi vida, yo los quiero tanto!
- ¡Tranquilícese, trate de calmarse! Tenemos a cinco patrullas buscándolos pero debe darnos más detalles. Fue con sus hijos al centro comercial y al salir …
- Unos hombres encapuchados salieron de un auto amarillo. Me empujaron al suelo y se llevaron a mis dos hijos.
- ¿Cuántos eran los encapuchados? Dos, tres…
- Todo ocurrió tan rápido... ¡no lo sé! ¡no lo sé! – dijo sollozando Guadalupe.
- Piense Guadalupe, piense.
- Creo que tres.
- Esta bien. Ahora concentrémonos en el auto ¿era un station wagon amarillo?
- Sí.
- Mire, cabe la posibilidad de que al sentirse perseguidos, los sujetos hayan bajado del carro a sus hijos. Dígame cómo estaban vestidos para comunicárselo a las patrullas.
Guadalupe se puso a llorar. Pablo la observaba impaciente porque sabía que cada minuto que pasaba hacia menos probable encontrar a los niños. Guadalupe bajó las manos, dejó de llorar y empezó a hablar:
- Alicia llevaba un vestido rosado con zapatos de charol; y Sebastián llevaba puesto unos pantalones jean con un polo naranja.
Pablo se acercó al escritorio y cogió su radio. Guadalupe empezó a morderse las uñas y a sobarse la cara. Se levantó de la silla y caminó. Se acercó a la pared, y empezó a golpearla con los puños y con la cabeza. Pablo regresaba. Al verla corrió hacia ella y la detuvo.
- ¡Basta! ¡Basta! ¡No tiene la culpa! ¡No debe sentirse culpable! ¡Eran tres hombres, no tenía oportunidad! – dijo acercándola a la silla.
Cuando la estaba ayudando a sentarse, escucharon unos golpes en la puerta.
- ¿Puedo pasar? – preguntó una voz.
Pablo se acercó y abrió la puerta: era la oficial Elena Díaz.
- ¿Ya le hiciste la pregunta de rigor? – consultó – Tenemos a casi toda la comisaría en el caso.
Pablo se excusó:
- No, no lo he hecho. No ha dejado de llorar.
- De todos modos – añadió Elena – tengo que interrogarla. ¿Te dio algún dato más de los raptores?
- Lo mismo, aún no está segura si eran tres.
Ambos oficiales se acercaron donde estaba sentada Guadalupe, quien tenía los brazos cruzados y se mecía suavemente. Pablo tocó su hombro y dijo:
- Esta es la oficial Elena Díaz, psicóloga de la comisaría. Ella debe hacerle unas preguntas…
- ¡No, no puedo! – interrumpió Guadalupe con un gesto de cansancio.
- Sólo quiero que conversemos un poco – dijo suavemente Elena.
Guadalupe le echó una mirada de súplica a Pablo:
- Por favor, no se vaya.
- No voy a ninguna parte - añadió Pablo mientras se recostaba en la pared más cercana - aquí me quedaré.
Elena aprovechó para observarla. No cabía duda que Guadalupe era una mujer de condición humilde. A juzgar por su atuendo, debía ser una ama de casa.
- Comprendo por lo que está pasando – dijo sentándose a su lado -. Hace unos años me arrebataron a mi hijo de diez años. Fue un vecino el que se lo llevó. Sé que fue él… pero no lo han arrestado por falta de pruebas.
- ¿Y lograron encontrar a su hijo? – preguntó Guadalupe.
Elena, en lugar de responderle, arremetió con otra pregunta:
- ¿Dónde están sus hijos?
- ¿Qué? ¡Ya se los dije! ¡¿Qué es lo que está insinuando?!
- Lo siento, esa es la pregunta de rigor cuando desaparece un menor – y sin dejar que reaccione, añadió - Puede mostrarme el ticket de compra.
- ¿Ticket? ¿De qué está hablando?
- Según sus primeras declaraciones, usted llevó a los niños al centro comercial y compraron lo necesario para festejar sus 28 años.
Guadalupe había palidecido.
- ¡Lo tiré todo cuando me empujaron al suelo!
- Pero no la cartera. Nosotras las mujeres siempre guardamos el ticket en las carteras para luego sacar las cuentas respectivas.
- ¡Pues la mía cayó con las bolsas!
- Pero revise, quizás aún la tiene en la cartera.
- ¡Ya le dije que no la tengo! ¡Recuerdo que la puse en las bolsas!
- Como puede recordar un hecho tan insignificante y no recordar cuántos hombres se llevaron a sus dos hijos.
Elena seguía sus reacciones con la mirada, mientras Guadalupe empezó a sobarse el rostro con las manos.
- ¿Dónde está el padre de sus hijos? – continuó Elena.
- ¡Mis hijos no tienen padre! ¡Murió!
- Desea que llamemos ha algún familiar – intervino Pablo.
- ¿Familia? No tengo familia – contestó Guadalupe con desprecio – Yo no les importo. Para ellos no he hecho nada que los enorgullezca. Mi única familia son mis hijos y su padre.
- Pero… acaba de decir que el padre de sus hijos murió – replicó Pablo.
Más blanca que un papel, Guadalupe gritó:
- ¡Basta! ¡Basta! ¡Ustedes quieren confundirme! ¡Lo único que hacen es aturdirme con sus preguntas! ¡Déjenme en paz!
Elena miró a Pablo y este supo que no debía intervenir en lo que vendría.
- Sabe, a mi hijo jamás lo encontraron. Han pasado seis años y no hay día que no piense dónde está y si lo reconocería si lo viera cruzando la calle.
Guadalupe miraba el suelo fijamente, lucía como ida. Elena continuó:
- Muchas veces he querido ir a la casa del hombre que se lo llevó y preguntarle ¿dónde está mi hijo? ¿aún está vivo? … No tendría que decírmelo con palabras… me conformaría con un gesto… eso aliviaría mi dolor.
- Hace mucho calor…– musitó Guadalupe.
- Sabe, yo siento que mi hijo está muerto. Sólo quiero que él me diga donde lo enterró para darle una cristiana sepultura. No quisiera pensar que terminó en alguna fosa común.
- ¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHHHH!
Guadalupe se había dejado caer de la silla y se llevaba las manos a la boca como si tratara de contener un vómito. Elena y Pablo cruzaron miradas.
- No lo puedo creer – balbuceó Pablo.
- Díganos ¿dónde debemos buscar a sus hijos? – insistió Elena.
- En el hostal Vista Alegre – contestó Guadalupe.
Elena se levantó de la silla. Tomó su radio y salió de la oficina como un rayo. Pablo se acercó y ayudó a levantarse a Guadalupe que lucía muy desorientada. Tomándola de los hombros logró sentarla nuevamente en la silla.
- ¿Qué es lo que sucedió? ¿Qué ha pasado con sus hijos?– preguntó Pablo.
Cuando Guadalupe se procedía a contestar, Elena apareció.
- Ya informé a las patrullas. En cualquier momento llegan al hostal. Es hora que nos diga la verdad.
Con el rostro temeroso Guadalupe suplicó:
- Lo haré, lo haré pero sólo se lo diré al oficial Pablo. ¡Por favor, por favor!
Elena la miró con lástima y se retiró de la oficina. Guadalupe miró con ojos llorosos a Pablo, pero este había cambiado su semblante y lucía distante.
- ¡No quiero más mentiras! ¡Díganos de una vez que ha pasado con sus hijos!
- Hoy es mi cumpleaños – dijo Guadalupe como hablando consigo mismo- Debería ser un día de fiesta. Mis hijos y mi esposo tendrían que estar hoy conmigo.
- ¡Vamos, concéntrese en sus hijos!
- Su padre hace un año que me cambió por otra mujer. Tiene otro hijo con esa. Hace unas semanas me amenazó con quitarme a mis niños… ¡A mis niños! Dice que estoy medio loca. Puede creerlo.
- Sus hijos Guadalupe, ¡dígame que pasó!
- No iba a permitir que me los quitara. Yo les di la vida, los cuidé y me pertenecían. Él tenía que haberlo sabido. Cómo se atrevió a decirme en mi cara que me los quitaría – hizo una pausa y luego continuó -. Por eso me los llevé al hostal. Por la madrugada me cantaron “Feliz cumpleaños”, debió ver sus caritas, tan alegres. Y para brindar les di gaseosa mezclada con diazepan. Los arropé en la cama. Cuando comprobé que estaban bien dormidos, los asfixié con una almohada.
Pablo la estaba mirando con horror cuando Elena entró nuevamente y dijo:
- Los hallaron Pablo. Alicia de 3 años y Sebastián de 5. Están muertos, los agentes constataron sus defunciones. Tenemos que avisar al padre…
Guadalupe al escucharla pareció salir de su letargo y con balbuceos interrumpió:
- ¡¿Qué hice?! ¡¿Qué fue lo que hice?! ¡Mis hijos! ¡AAAAHHHHHHHHH!
Guadalupe vio la ventana. Con un rápido movimiento, se levantó de la silla y corrió hacia ella. Intentó lanzarse del segundo piso hacia el pavimento. Elena y Pablo corrieron detrás de ella y lograron sujetarla. Guadalupe gritaba cada vez más fuerte y propinaba golpes por todos lados para intentar zafarse. Otros oficiales llegaron a la oficina alertados por los gritos. Entre todos lograron ponerla boca abajo y esposarla. Pero Guadalupe no se daba por vencida y se retorcía con violencia. Los oficiales la tuvieron que levantar en vilo y la llevaron rumbo a la carceleta.
FIN
Escarlet Rodríguez Zárate
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