lunes, 19 de abril de 2010

El secreto del profesor Salazar



- No estoy loco, Alfredo. Si no quiero pasar por la oficina de profesores, es asunto mío – dijo Enrique mientras llenaba nuevamente el vaso.
- Desde que regresaste a la universidad eres un manojo de nervios – respondió su amigo Alfredo.
- Sé que estoy muy nervioso, pero no por eso debes pensar que necesito un psiquiatra. Dios sabe que estoy en mi sano juicio.
- ¡Está bien, pero un calmante no te caería mal!
- ¿Por qué mejor no hablamos de otra cosa?
- Bueno, me gustaría que me expliques de una vez por todas ¿por qué dejaste de venir a la universidad en plenos finales? Ahora vas a tener que dar sustitutorios de casi todos los cursos.
- Desde que me fui, sólo me has llamado para preguntarme lo mismo. Pensé que ya te habías cansado.
- ¡No! y menos pensar que regresaste sólo porque te dije que el profesor Salazar había desaparecido a la par que tú. Nadie sabe que pasó con él. Tienes idea de dónde puede estar.
- No, no sé dónde está y no quiero ni imaginármelo. Ahora que el profesor Salazar ha desaparecido he regresado, pero mis nervios ya no son los de antes.
- Entonces, sí tiene que ver tu esporádica huida de la universidad con el profesor Salazar.
- Sí… descubrí algo de él. Ese es el motivo por el que no me atrevo a pasar por la oficina de profesores.
- ¡Pero cuéntame de una vez hombre! ¡Me tienes intrigado!
- Alfredo, te lo voy a contar pero, necesito que no me interrumpas y comprendas, al terminar mi relato, por qué no se lo puedo contar a nadie más… ¡por el amor de Dios, tampoco pienso que me creerían! – y al decir esto último, Enrique bebió otro trago de un solo tirón.

Y así empezó su relato.

- Tú sabes bien que el profesor Salazar superaba en conocimiento a todos los demás profesores. Su oratoria era brillante y su capacidad de convocatoria, incomparable, siempre tenía el aula repleta. Hacia parecer a los demás docentes como meros charlatanes o imitadores.

“Lo admiré y aún, a pesar de todo lo que sé de él, siento gran admiración por su excelente e impecable vocabulario; y que decir de su capacidad de convencimiento y persuasión. Te acuerdas que siempre tratábamos de ir a sus conferencias, que dictaba fuera del campus, pero que por alguna razón, asumo que ¡por iluminación divina!, nunca coincidíamos en el horario.

“Bueno, sabes también que siempre he estado interesado en la magia. Que prefiero practicar la magia blanca, pero que no por eso he dejado de investigar sobre la magia negra. Tanto así que llevo en mi mochila algunos amuletos y sal, y que tengo el hábito de esparcirla alrededor mío para reconocer las malas vibras.

Enrique hizo una pausa, se sirvió otro trago, y prosiguió su relato.

“Una mañana, antes de empezar la clase de Lengua, se me metió en la cabeza que sería bueno conocer la vibra del profesor Salazar. Así, esparcí sal alrededor de su pupitre. Su clase transcurrió como siempre, magnífica. Al finalizar su clase me acerqué. Alfredo, no podía salir de mi asombro porque las huellas que estaban impregnadas en el suelo eran como las huellas de un animal, como las de una cabra o caballo enormes.

“Estaba muy desconcertado. Algo raro estaba pasando pero no daba crédito a mis pensamientos. Decidí entonces quedarme esa noche en la universidad e intentar entrar a la oficina del profesor Salazar. Necesitaba husmear entre sus pertenencias, necesitaba respuestas. Pues bien, esperé al frente de la facultad, a que saliera todo alumno y docente hasta que sólo quedó el vigilante. Ya sabes como es César, alegre y conversador. Le dije, estrechando su mano:

- Hola César, listo para tu cambio de turno.
- No Enrique, ayer me cambiaron. Hoy me toca vigilar de noche – contestó él.
- ¡Uy este horario debe ser pesado!
- No, al contrario, a esta hora puedo leer más tranquilo.
- Hablando de leer, mañana tengo final de Lengua… - dije simulando buscar entre mi mochila – ¡No puede ser! César, dejé mi libro en el aula del segundo piso. Necesito ir por él.
- Sube, pero no te demores, sabes que no permiten el ingreso de los alumnos a esta hora.
- ¡Claro! de paso voy al baño porque no creo que aguante hasta mi casa.

“Mientras decía esto, subí las escaleras lo más rápido que pude. Me dirigí hacia el área de los profesores. Me detuve y distinguí, en la última puerta la placa con su nombre: “Profesor Julio Salazar Jáuregui, Licenciado en Lengua y Literatura”. Comencé a caminar hacia la puerta y, a la vez, iba buscando en el cierre de mi mochila el gancho que me serviría para abrirla. Apenas la cerré, empecé a escuchar como el pataleo de un caballo, que se producía en forma rítmica. Me volví a detener. Por unos segundos me quedé inmóvil, indeciso que hacer, pero me armé de valor mientras agudizaba el oído.

Alfredo seguía el relato de Enrique con viva atención, y empezó a servirse del mismo trago.

“Me dirigí hacia la puerta sigilosamente como un gato. Me paré enfrente de la puerta. De ahí era donde provenía el pataleo; y de ahí empecé a percibir un olor débil pero fétido como flores de panteón. Puse mi ojo izquierdo sobre la pequeña ranura que hay entre la puerta y el umbral. Y pude ver en el piso, siete velas negras prendidas, distribuidas en un pentagrama. Al costado, estaba el escritorio arrinconado, y encima de él, extraños libros de gran volumen, que lucían como libros de siglos pasados.

- ¡Y fue en ese instante que lo vi! ¡Por Dios, Alfredo! Ahí había un animal… si ha eso se le puede llamar animal. Saltaba, trotaba y se retorcía alrededor de las velas. Pude ver las patas, estaba cubierto por un pelaje negro y guardaba cierto parecido con las de las cabras, pero tan largas como un caballo. Pude ver que del rabo le salía una especie de cola, larga y de piel escamosa, parecida a la de los reptiles. Cuando la bestia giró hacia mi, lancé un grito desgarrador y eché a correr lo más rápido que mis piernas me lo permitieron.

Cuando Enrique dejó de hablar, Alfredo estaba tan conmocionado que guardaron silencio por unos minutos. Luego, Enrique continúo.

- No pude detenerme ni cuando pasé por donde estaba César. El pavor se apoderó de mí. Ahora entiendes el porqué no podía regresar a la Universidad.
- Pero César ni ningún vigilante vio que metieran algún animal – inquirió Alfredo.
- Alfredo, cuando esa bestia se volteo hacia mí pude ver el rostro del mejor orador que pudo tener esta universidad, ¡era el rostro del profesor Salazar!



FIN





Escarlet Rodríguez Zárate

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